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Todos los prestadores de servicios de redes sociales “gratuitos” que te encuentras por internet llevan años trabajando para nosotros de un modo que parece casi altruista. ¿De qué vive el pobre de Google? Nos permite buscarlo todo, encontrarlo todo, y no nos pide nada a cambio. ¿Y qué hay de Mark Zuckerber? Nos crea una plataforma increíble para conectarnos a unos con otros y ni siquiera nos pide una suscripción pagada ni nada. Además, gracias a su plataforma puedo conectarlo todo, mi familia, mis aficiones, puedo poner mis fotos, enseñaros a mi perro, a mi gato, deciros dónde trabajo e incluso haceros partícipes tanto del nuevo coche que me he comprado como de dónde voy a pasar las vacaciones. Y todo al módico precio de concederle el acceso a todos mis datos personales. Casi nada.

Monetizar un servicio ya no está de moda, ahora uno de los activos más valiosos para una empresa u organización son los datos personales. Casi podríamos imaginarnos que en el futuro veremos a esas típicas personas con carteles de “COMPRO ORO” diciendo en su lugar “COMPRO DATOS”.

Esto ha supuesto que muchas empresas se hayan dedicado durante años a recabar con avidez datos personales de sus clientes y a abusar del uso de los mismos.

Y por eso cuando entró en vigor el nuevo Reglamento General de Protección de Datos se armó un revuelo general con el tema. Muchas empresas no sabían qué hacer, cómo hacerlo, quién lo tenía que hacer… Todos habíamos tenido dos años desde que se aprobó el dichoso Reglamento para ponernos al día y, a pesar de ello, no se habían tomado iniciativas al respecto.

Pero no sólo no se tenía ni idea de cómo afrontar la situación desde la parte de las empresas que trataban datos, sino que los propios interesados cuyos datos se estaban tratando, estaban perdidos en cuanto a cuáles son sus derechos. Gente como tú y como yo, gente normal que hasta que no salió el Reglamento Europeo y la posterior Ley Orgánica española no tenía ningún interés en todo esto de proteger sus datos y los de los demás.

Pero la cosa empeora con el uso de la tecnología. El hecho de que se recopilen datos dentro del entorno digital de una manera fácil y rápida supone que, sin darte cuenta, le estés cediendo tus datos personales a una empresa, que puede que a su vez se los ceda a otra que le presta el servicio, la cual, a su vez, puede que tenga los servidores en otra empresa que a lo mejor ni siquiera los tiene ubicados en un país seguro. O sea, que vete tú a saber dónde acaban tus datos y en manos de quién.

Y lo peor es que todo esto que estamos hablando puede incluso suceder aunque no estés contratando nada ni hayas realizado una acción efectiva para prestar tus datos. Hoy en día te metes en una web y ya te sale el típico aviso de cookies que a todos nos molesta, que nadie se lee, y que algunos ni saben lo que hacen realmente. Y no es que sea sencillo aclarar lo que es una cookie pues, hay tantas y de tantos tipos, que directamente las aceptas y sigues navegando para poder comprarte ese bolso que has visto a mitad de precio. A ti que no te molesten con tonterías de “galletas” ni de nada.

Sí, mejor sigue comprando mientras Google Analytics va recavando información sobre cuánto tiempo pasas tú (sí, tú) en esa página web y lo que te interesa de ella para así poder recomendarte servicios y productos similares y mejorar tu experiencia global en internet. Que majos.

Y es que, cuando parecía que está fiesta iba a acabar, apareció como invitado especial el gigante del Big Data, aquel capaz incluso de cambiar el curso de una campaña electoral.

¿Y qué me dices de tu móvil? ¿Te has fijado en que cada vez que te descargas una aplicación tienes que aceptar una y mil historias de permisos para que accedan a tu galería, a tu cámara, a tu micrófono, a tu ubicación…? Y todo esto (según dicen) para poder proporcionarte el servicio que prestan con normalidad. Claro, porque obviamente es muy necesario que la app de nutrición que me acabo de descargar acceda a mi ubicación ¿cómo va a saber sino cuánto quiero adelgazar?

Sin embargo, no todo son malas noticias. También hay que ser conscientes de que, gracias al almacenamiento de nuestros datos, cambian las tendencias de mercado al reflejarse con mayor claridad y rapidez las necesidades de la mayoría. Es decir, hay que tener en cuenta que, gracias a esto, se impulsan productos o servicios que de otra manera no lo harían y eso suponen más beneficios que los perjuicios que supone el hecho de que sepan que soy mujer, que me quiero comprar un bolso, que vivo en España, y que estoy intentando tener una correcta nutrición.

Por todo, es importante encontrar un equilibrio y permitir el uso consciente de nuestros datos personales pero teniendo siempre presente el hecho de que nadie nos regala nada, de que existe un interés en cuanto al uso de nuestros datos por parte de cualquier empresa y de que dicho uso no puede ser arbitrario ni hacerse de cualquier manera.

En definitiva, tanto la cesión de nuestros datos por nuestra parte como el uso por parte de las empresas o entidades debe hacerse con cabeza y con respeto a la normativa vigente y a los límites impuestos. Y es por eso que he decidido abrir un espacio donde intentar explicar, en la medida en que pueda, en qué consiste este follón del que habla todo el mundo hoy en día y del que, incluso a veces ni los más expertos saben por dónde coger.

Si quieres adentrarte en el maravilloso submundo de la protección de datos, te animo a leer los artículos que aquí se publican. Y si tú también has sentido la llamada (o deber) a exponer tus conocimientos en la materia, te invito a colaborar conmigo.

Sin más que añadir, ojalá te sea leve.